Bien, señoras y caballeros, abróchense los cinturones porque nuestro arácnido favorito ha vuelto. Un estreno mundial, un presupuesto histórico, un buen reparto y unos efectos tremendos. Todos estos ingredientes prevén un éxito en taquilla y la entrada en la lista de las películas más vistas del año.
Pero Sam Raimi se ha visto en una disyuntiva a la hora de hacer la película: tener que satisfacer tanto a los fans adultos (esos que llevan treinta años siguiendo al trepamuros), a los nuevos fans (niños de esta generación que no pueden soportar ciertas cosas) y a las adolescentes románticas que van al cine sólo a ver la cara bonita de Tobey Maguire. El resultado es una película de picos: tan pronto comienzan un par de minutos de acción trepidante como cae a una escena de romanticismo facilón que se alarga de manera interminable.
Lo mejor de la película han sido, sin duda, los villanos. Si en la primera el Duende Verde se llevaba un suspenso y el Doctor Octopus de Alfred Molina alcanzaba el notable, El Hombre de Arena y Veneno se llevan el sobresaliente. Se nota que la gente esperaba mucho de la película y el director no quiso decepcionar. No sucede así con el nuevo Duende Verde, que queda convertido en una especie de samurai con tabla de snowboard voladora, quedando incluso por debajo del interpretado por Dafoe en la primera adptación.
Por lo demás, la película pasa por las escenas ya propias de Spiderman: paseos en red por la ciudad de Nueva York, ahora mejoradas con el nuevo traje; la torpeza y patosidad de Peter Parker, un J. Jonah Jameson que toma pastillas para la agresividad, el inevitable cameo de Stan Lee y, como no, Spiderman con la bandera estadounidense al fondo.
Así que, aparentemente, mr. Raimi se despide de Spiderman con una película que gustará a mas de uno, pero horrorizará a los viejos seguidores de nuestro amigo y vecino el trepamuros.

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